La fiesta

Por: Steve McVey
De: May 2009
Encontrado en: El evangelio de la Gracia
El “Dios de la iglesia” que yo veía como niño, y aun durante mis primeros años de ministerio, no se compara nada al Padre que he llegado a conocer los últimos años.

He cambiado mucho y de muchas maneras durante los años. Tal vez el cambio más grande ha sido en la manera que veo a Dios. El “Dios de la iglesia” que veía como niño, y aun durante mis primeros años de ministerio, no se compara nada al Padre que he llegado a conocer los últimos años. Es verdad que Dios nunca cambia. El realmente es el mismo ayer, hoy y para siempre. Pero como los pecebres de una religión basada en lo riguroso, en reglamentos que cumplir y en un régimen firme se han cortado y quitado con una creciente revelación de Su enorme amor, he llegado a verlo en una luz diferente que jamás había visto antes.

Dios, Jesus y el Espíritu Santo.

Mis ideas que Dios odiaba el pecado, algo que yo era bueno para cometer, necesitaba ayuda para saber cómo mantenerlo tranquilo.

Yo crecí viendo a Dios, Jesus y el Espíritu Santo como un equipo donde cada uno tenía su propia perspectiva y manera de ser conmigo. Mi idea era que Dios odiaba el pecado, algo que yo era bueno para cometer, necesitaba ayuda para saber cómo mantenerlo tranquilo. Ahí era donde entraba el Espíritu Santo. Su trabajo era llegar a mí y decirme claramente “¡alto!” A veces usaba sentimientos de culpa y vergüenza. En otras ocasiones me podía recordar que era Dios que me había dado la vida y que El podía simplemente volvérmela a quitar si no me enderezaba. Luego llegaba Jesus. Mi entendimiento de Él era que Jesus jugaba el papel de detener a Dios para que no hiciera conmigo lo que deseaba hacer: una bofeteada. Sentí que Dios tenía un último nervio y yo lo estaba aplastando. Jesus estaba ahí para calmar a Dios cuando quería explotar y agarrarme poniéndose en el medio mostrándole sus manos diciéndole: “Padre, acuérdate de las cicatrices, ¡las cicatrices!” “O, si es cierto,” diría Dios y luego se calmaba un tiempo hasta que otra vez metiera la pata y Jesús tendría que repetir todo una vez más. 

¿Es difícil entender que yo batallaba con poder sentir una intimidad con Dios? Lo triste es que creo que mi perspectiva de Dios no era algo único. Me encuentro con muchas personas hoy en día que todavía piensan que hay alguna diferencia entre el Padre y el Hijo y su aceptación por nosotros. Mucho creen que el Padre es nervioso e inestable en su temperamento, y que Jesús es El que está sentado a Su diestra para constantemente calmarlo. ¿Y qué del Espíritu Santo? Lo ven como un policía del buen orden. 

Juegan en el mismo equipo.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se encuentran realmente en el mismo equipo.

En realidad las cosas no son para nada así. Las buenas noticias son precisamente contrarias a lo que mucha gente cree; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se encuentran realmente en el mismo equipo, Nunca ha existido un momento donde no tuvieran la misma mente y Corazón hacia tu vida. En la relación Santa entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, nunca ha habido otra cosa más que amor intimo que define al ser humano y lo describe. Imagínate por un momento la relación de amor más profunda, más tierna y más duradera que hayas tenido con otro ser humano en este mundo. Multiplícalo por un número infinito y no llegaras ni cerca del amor que existe entre la Trinidad. La noticia tan asombrosa del Evangelio de la gracia es que esta danza divina no es una fiesta cerrada. Su amor es tan grande que no puede contenerse y demasiado intenso para ser restringido. Entonces la Trinidad abrió las puertas a Su Club Privado a través de la cruz y clamo mas allá del tiempo y la eternidad, llamando a entrar a “los pobres y desamparados, los ciegos y los paralíticos.”

Todos están a tu favor.

Su amor es tan grande que no puede contenerse y demasiado intenso para ser restringido.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo ven todas las cosas de la misma manera, hacen todo de la misma manera y te ven a ti de la misma manera. Están todos a tu favor. Hay una fiesta ahorita y por su gracia estas ahí. ¿Puedes tú ver a Dios de esta manera? Espero que sí, porque es cierto. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo te aman y quieren que te relajes y que disfrutes de la fiesta. De esto se trata la vida abundante.

 

Por: Steve McVey

Dr. Steve McVey is a dynamic author and speaker who inspires Christians to develop a deeper, more intimate relationship with God.

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